sábado, 31 de octubre de 2026

Messi, Cristiano, la silla y el cuadro.



(Javier Minniti)

 

“Para ver un cuadro se necesitan muchas cosas: la primera de ellas es, sin duda, una silla”.

Anselm Feuerbach.

 

…Agregaríamos en segundo lugar: paciencia.

 

El acto de apreciar una obra de arte requiere de un ejercicio de contemplación integral, de observación profunda en cada uno de sus detalles y, posteriormente, de cómo estos se conjugan para formar la obra en su conjunto. El espectador quizá no lo advierta, pero esta labor le demandará tiempo. Algunos pretenderán abarcarlo todo con apenas un par de vistazos, pero no es tan sencillo. Se activan los sentidos y la información que percibimos registra elementos que cobran significado por su contenido en sí y por su relación con nuestros recuerdos. Las expectativas previas condicionan nuestro ánimo frente a aquello que se expone ante nosotros.

 

Esto aplica a un cuadro, una obra de teatro, una escultura, el ballet, una ópera o un concierto sinfónico. También al fútbol.

 

Un partido de fútbol puede ser apreciado, desde lo estético, como una obra de arte por sus movimientos, por su ejecución. Contemplar cada encuentro desde su totalidad es, de alguna manera, como asistir a la puesta en escena de una tragedia clásica. Todos los partidos comparten una misma estructura en cuanto a duración, reglas, actores que intervienen y objetivos del juego. Sin embargo, el desarrollo y desenlace de cada encuentro serán siempre distintos e impredecibles. Nunca encontraremos dos cotejos iguales, y muchas veces, pese a tu conocimiento previo del juego, cada partido te deparará emociones diferentes. En el momento menos esperado, el actor menos imaginado cambiará el guion y, por ende, la trama.

 

Los partidos de fútbol son obras de teatro improvisadas que van generando sus propios diálogos y acciones. El argumento es dinámico y se construye a medida que transcurre cada jugada. El espectador vive en un estado permanente de incertidumbre, porque cada acción puede conducir a un desenlace totalmente inesperado. Para apreciar un partido de fútbol como si de una de “las bellas artes” se tratase, usted debe llevar siempre su silla y su paciencia si pretende disfrutar de los 90’ minutos (o más) del deporte más hermoso del mundo, como diría Luis Omar Tapia al iniciar sus relatos.

 

Hans Robert Jauss, mediante su concepto sobre “horizonte de expectativas”, plantea que cada espectador que aborda a una obra va con su “mochila emocional” encima; esta metáfora idealiza e ilustra toda esa carga previa de conocimientos, referencias y vivencias que el observador ha ido incorporando no solo sobre una situación determinada, sino también en torno a los distintos elementos que pueden conjugarse con esta. Jauss desarrolló estas ideas en su teoría sobre la estética de la recepción.

 

Al igual que quien asiste a un museo o a una representación teatral, el espectador que concurre a un partido de fútbol no llega como si de una hoja en blanco se tratase; va cargado de su historia, de su conocimiento previo, sus experiencias, expectativas e ilusiones. Podríamos afirmar que asiste condicionado, que incluso presume cómo será el desenlace de un partido que no ha comenzado. Y no solamente en cuanto al posible resultado, sino también como imagina que será el desarrollo del mismo.

 

Existe también una cuestión vinculada a las expresiones artísticas: la capacidad de sostenerse en el tiempo, como si esta pudiese adecuarse y evolucionar con el paso de los años, pese a que la misma no haya sido modificada. Este fenómeno ocurre con frecuencia en los libros, las esculturas y en otras manifestaciones culturales. En gran medida es responsabilidad del observador que este fenómeno suceda, y de cómo este adapta el significado a cada elemento de la obra o en su plenitud cuando está siendo consumida (observada o leída). Marcel Duchamp manifestaba que la obra no está terminada hasta que entra en contacto con la mente y la sensibilidad del receptor.

 

No pretendemos entrar en cuestiones filosóficas más profundas como la conocida interrogante: ¿Un árbol que cae en un bosque, sin que nadie esté allí para escucharlo, realmente produce ruido?

 

Muchos aseguran que una obra no está culminada con la última pincelada, el último acorde o el punto final del párrafo de cierre, se debe pensar en la obra como una expresión que encuentra otra dimensión cuando llega a quien no solamente la aprecia y consume, sino que también interactúa posteriormente con ella, comparte su experiencia y transmite su relato a otros. Esa interacción final la complementa y eleva su estatus a obra terminada. Un libro no es un libro hasta que alguien lo ha leído, por el contrario, es un cúmulo de hojas de papel entintadas y encuadernadas.

 

El fútbol no escapa a esta situación, ¿cómo puede considerarse una jugada como excepcional si no hay observadores que puedan interactuar, desde sus emociones, con lo que sucede en el campo de juego? Para establecer un criterio sobre su calidad necesitamos referencias previas, parámetros que nos permitan distinguir una buena ejecución de otra menos lograda y compararlas con experiencias similares que hayamos percibido anteriormente.

 

Razón tenía Eduardo Galeano cuando escribió en su libro Fútbol a sol y sombra que “no hay nada más vacío que un estadio vacío”, pero debemos agregar algo: no todos reaccionamos ni experimentamos las mismas sensaciones ante una determinada acción del juego. Al igual que sucede con el arte, los observadores no perciben los estímulos de la misma manera. Una persona ante un cuadro puede experimentar alegría, mientras que otra, frente a la misma pintura, pueden sentir tristeza o angustia.

 

Todo lo anteriormente descrito parece encajar (o encasillar) a un tipo de aficionado al fútbol, aquel que añora el “fútbol de antes”: algunos catalogarían como un “romántico del fútbol”. Es quien llega a la cancha minutos antes del inicio del partido y procura observar todos los detalles de lo que allí sucede: las acciones, los gestos, los movimientos del equipo que ataca y del que defiende.

 

Es este tipo de aficionado capaz de concentrar su atención durante los 90’ minutos, incluso en un partido qué termina empatado sin goles, sin ocasiones de peligro ni remates al arco, le produce satisfacción. Encuentra gozo en la expresión artística del fútbol, en apreciar la belleza en una gambeta o un cambio de frente, en descifrar la clave geométrica de un planteamiento defensivo, en anticipar esa estrategia que permitió robar la pelota al rival (y la iniciativa) no dejándolo actuar. Porque está convencido de que saber defenderse es una virtud poco valorada.

 

Al igual que en el arte, existe otro tipo de observador que vive la experiencia a otra velocidad, que tiene necesidades diferentes de consumo de información. Erróneamente se podría afirmar que carece de paciencia; está acostumbrado a economizar tiempo y no “malgastarlo” en detalles que considera intrascendentes para su objetivo: recibir los estímulos y la información que busca. Considera que puede identificar el estilo de un pintor con solo observar un trazo o pincelada. No necesita admirar la obra en su extensión para reconocer a qué estilo o corriente artística pertenece. Construye su interpretación a partir de los detalles que selecciona.

 

En el fútbol actual encontramos muchos espectadores de este tipo. Generalizar no sería correcto, pero podemos describir algunas de sus características. Generalmente no va al estadio, ni ve partidos completos en la televisión o en otros dispositivos, como tabletas, monitores de computadoras o teléfonos móviles). Tiene interés en el fútbol, pero lo consume de otra manera: busca otro tipo de información y pretende llegar a la meta sin necesariamente recorrer todo el camino.

 

Si quisiéramos mantenernos dentro de esta generalización, podríamos incluso relacionar este comportamiento a una determinada franja etaria. Es arriesgado afirmarlo, pero pareciera que las generaciones más jóvenes, propias de esta neomodernidad, buscan consumir una mayor cantidad de información en menos tiempo. Es un fenómeno condicionado por la inmediatez y por la facilidad del acceso al contenido a través de las redes sociales.

 

Este fanático busca el resultado, un video de los goles y un resumen con las mejores jugadas. Construye el concepto total de la obra observando algunas pinceladas, sin necesidad de contemplarla en toda su extensión.

 

Este aficionado disfruta el fútbol a su manera; no podemos asegurar que le aburre permanecer 90’ minutos viendo un partido completo; sencillamente, pareciera que su interés no está centrado en mantener la atención en un solo foco. Su condición de espectador “multipantalla” lo lleva a adoptar otros comportamientos. Incluso estando en un estadio, durante un encuentro, puede permanecer pendiente de su teléfono móvil. No necesariamente para ver otros partidos o revisar sus aplicaciones de mensajería, sino para consumir información adicional sobre el mismo encuentro al que ha asistido.

 

Tiene la transmisión del partido en vivo con su relato y comentarios, ve repeticiones de jugadas, busca datos de los jugadores que disputan ese encuentro, revisa series particulares, anécdotas o referencias estadísticas del juego. Por momentos pierde fragmentos del desarrollo del partido. No sigue los detalles, no necesita contemplar toda la obra. Le bastan las pinceladas y los trazos que observa. Pretende construir una interpretación global del partido a partir de la suma de los elementos que observó y retuvo, mientras que la información adicional complementa su interpretación de lo acontecido.

 

Esta manera de consumir el fútbol también influye en cómo cada aficionado percibe individualmente a los protagonistas del juego y en los mecanismos de admiración e idolatría que generan los futbolistas a partir de sus desempeños.

 

Muchos otorgan mayor valor al resultado, a lo objetivo, a la información final. Los goles marcados, los partidos jugados, los títulos conseguidos y la acumulación de logros se transforman en una escala para establecer jerarquías de grandeza. Cuantos más elementos se acumulen, mayor será la consideración que recibirá el futbolista. Es, de alguna manera, una forma de apreciar el arte como si se tratara de una ecuación: una suma de pinceladas, donde la valoración de la obra termina siendo el resultado de contabilizar los trazos por separado.

 

Otros, en cambio, admirarán a aquellos futbolistas que, a través de sus acciones, realizan jugadas capaces de asombrar a los espectadores. Jugadores que son buenos por sí mismos, pero que además tienen la capacidad de potenciar a sus compañeros: juegan y hacen jugar.

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Con ellos se construyen relatos que trascienden el tiempo. Emocionan al espectador, que continúa acumulando sensaciones y experiencias relacionadas con esos jugadores en su propia «mochila» de expectativas. Al igual que sucede con el arte, determinadas jugadas perduran, adquieren nuevos significados y se actualizan en cada contexto sin necesidad de sufrir modificación alguna. Por eso seguimos contando historias y recordando acciones que han trascendido generaciones, que se han relatado infinidad de veces y que, aun así, siguen emocionándonos.

 

De alguna manera, quien presume de tener la capacidad de apreciar este deporte en toda su dimensión, como un acontecimiento sublime, termina disfrutando de la esencia del fútbol sin importar los protagonistas, los equipos ni los resultados. Es, en cierto modo, como Galeano, cuando en una de sus más célebres reflexiones sobre este deporte nos dejó estas palabras:

 

«Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo, sombrero en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece».