(Javier Minniti)
“Para ver un cuadro se necesitan muchas cosas: la primera de ellas es,
sin duda, una silla”.
Anselm Feuerbach.
…Agregaríamos en segundo lugar: paciencia.
El acto de apreciar una obra de arte requiere de un ejercicio de
contemplación integral, de observación profunda en cada uno de sus detalles y, posteriormente,
de cómo estos se conjugan para formar la obra en su conjunto. El espectador quizá
no lo advierta, pero esta labor le demandará tiempo. Algunos pretenderán abarcarlo
todo con apenas un par de vistazos, pero no es tan sencillo. Se activan los
sentidos y la información que percibimos registra elementos que cobran
significado por su contenido en sí y por su relación con nuestros recuerdos. Las
expectativas previas condicionan nuestro ánimo frente a aquello que se expone
ante nosotros.
Esto aplica a un cuadro, una obra de teatro, una escultura, el ballet, una
ópera o un concierto sinfónico. También al fútbol.
Un partido de fútbol puede ser apreciado, desde lo estético, como una
obra de arte por sus movimientos, por su ejecución. Contemplar cada encuentro
desde su totalidad es, de alguna manera, como asistir a la puesta en escena de
una tragedia clásica. Todos los partidos comparten una misma estructura en
cuanto a duración, reglas, actores que intervienen y objetivos del juego. Sin
embargo, el desarrollo y desenlace de cada encuentro serán siempre distintos e
impredecibles. Nunca encontraremos dos cotejos iguales, y muchas veces, pese a tu
conocimiento previo del juego, cada partido te deparará emociones diferentes. En
el momento menos esperado, el actor menos imaginado cambiará el guion y, por
ende, la trama.
Los partidos de fútbol son obras de teatro improvisadas que van
generando sus propios diálogos y acciones. El argumento es dinámico y se
construye a medida que transcurre cada jugada. El espectador vive en un estado
permanente de incertidumbre, porque cada acción puede conducir a un desenlace
totalmente inesperado. Para apreciar un partido de fútbol como si de una de
“las bellas artes” se tratase, usted debe llevar siempre su silla y su paciencia
si pretende disfrutar de los 90’ minutos (o más) del deporte más hermoso del
mundo, como diría Luis Omar Tapia al iniciar sus relatos.
Hans Robert Jauss, mediante su concepto sobre “horizonte de expectativas”,
plantea que cada espectador que aborda a una obra va con su “mochila emocional”
encima; esta metáfora idealiza e ilustra toda esa carga previa de conocimientos,
referencias y vivencias que el observador ha ido incorporando no solo sobre una
situación determinada, sino también en torno a los distintos elementos que
pueden conjugarse con esta. Jauss desarrolló estas ideas en su teoría sobre la
estética de la recepción.
Al igual que quien asiste a un museo o a una representación teatral, el
espectador que concurre a un partido de fútbol no llega como si de una hoja en
blanco se tratase; va cargado de su historia, de su conocimiento previo, sus
experiencias, expectativas e ilusiones. Podríamos afirmar que asiste
condicionado, que incluso presume cómo será el desenlace de un partido que no
ha comenzado. Y no solamente en cuanto al posible resultado, sino también como
imagina que será el desarrollo del mismo.
Existe también una cuestión vinculada a las expresiones artísticas: la
capacidad de sostenerse en el tiempo, como si esta pudiese adecuarse y
evolucionar con el paso de los años, pese a que la misma no haya sido
modificada. Este fenómeno ocurre con frecuencia en los libros, las esculturas y
en otras manifestaciones culturales. En gran medida es responsabilidad del
observador que este fenómeno suceda, y de cómo este adapta el significado a cada
elemento de la obra o en su plenitud cuando está siendo consumida (observada o
leída). Marcel Duchamp manifestaba que la obra no está terminada hasta que
entra en contacto con la mente y la sensibilidad del receptor.
No pretendemos entrar en cuestiones filosóficas más profundas como la
conocida interrogante: ¿Un árbol que cae en un bosque, sin que nadie esté allí para
escucharlo, realmente produce ruido?
Muchos aseguran que una obra no está culminada con la última pincelada,
el último acorde o el punto final del párrafo de cierre, se debe pensar en la
obra como una expresión que encuentra otra dimensión cuando llega a quien no
solamente la aprecia y consume, sino que también interactúa posteriormente con
ella, comparte su experiencia y transmite su relato a otros. Esa interacción
final la complementa y eleva su estatus a obra terminada. Un libro no es un
libro hasta que alguien lo ha leído, por el contrario, es un cúmulo de hojas de
papel entintadas y encuadernadas.
El fútbol no escapa a esta situación, ¿cómo puede considerarse una
jugada como excepcional si no hay observadores que puedan interactuar, desde
sus emociones, con lo que sucede en el campo de juego? Para establecer un
criterio sobre su calidad necesitamos referencias previas, parámetros que nos
permitan distinguir una buena ejecución de otra menos lograda y compararlas con
experiencias similares que hayamos percibido anteriormente.
Razón tenía Eduardo Galeano cuando escribió en su libro Fútbol a sol y
sombra que “no hay nada más vacío que un estadio vacío”, pero debemos agregar
algo: no todos reaccionamos ni experimentamos las mismas sensaciones ante una
determinada acción del juego. Al igual que sucede con el arte, los observadores
no perciben los estímulos de la misma manera. Una persona ante un cuadro puede
experimentar alegría, mientras que otra, frente a la misma pintura, pueden
sentir tristeza o angustia.
Todo lo anteriormente descrito parece encajar (o encasillar) a un tipo
de aficionado al fútbol, aquel que añora el “fútbol de antes”: algunos
catalogarían como un “romántico del fútbol”. Es quien llega a la cancha minutos
antes del inicio del partido y procura observar todos los detalles de lo que allí
sucede: las acciones, los gestos, los movimientos del equipo que ataca y del
que defiende.
Es este tipo de aficionado capaz de concentrar su atención durante los 90’
minutos, incluso en un partido qué termina empatado sin goles, sin ocasiones de
peligro ni remates al arco, le produce satisfacción. Encuentra gozo en la
expresión artística del fútbol, en apreciar la belleza en una gambeta o un cambio
de frente, en descifrar la clave geométrica de un planteamiento defensivo, en
anticipar esa estrategia que permitió robar la pelota al rival (y la
iniciativa) no dejándolo actuar. Porque está convencido de que saber defenderse
es una virtud poco valorada.
Al igual que en el arte, existe otro tipo de observador que vive la
experiencia a otra velocidad, que tiene necesidades diferentes de consumo de
información. Erróneamente se podría afirmar que carece de paciencia; está
acostumbrado a economizar tiempo y no “malgastarlo” en detalles que considera intrascendentes
para su objetivo: recibir los estímulos y la información que busca. Considera
que puede identificar el estilo de un pintor con solo observar un trazo o
pincelada. No necesita admirar la obra en su extensión para reconocer a qué
estilo o corriente artística pertenece. Construye su interpretación a partir de
los detalles que selecciona.
En el fútbol actual encontramos muchos espectadores de este tipo. Generalizar
no sería correcto, pero podemos describir algunas de sus características. Generalmente
no va al estadio, ni ve partidos completos en la televisión o en otros dispositivos,
como tabletas, monitores de computadoras o teléfonos móviles). Tiene interés en
el fútbol, pero lo consume de otra manera: busca otro tipo de información y
pretende llegar a la meta sin necesariamente recorrer todo el camino.
Si quisiéramos mantenernos dentro de esta generalización, podríamos incluso
relacionar este comportamiento a una determinada franja etaria. Es arriesgado
afirmarlo, pero pareciera que las generaciones más jóvenes, propias de esta
neomodernidad, buscan consumir una mayor cantidad de información en menos
tiempo. Es un fenómeno condicionado por la inmediatez y por la facilidad del
acceso al contenido a través de las redes sociales.
Este fanático busca el resultado, un video de los goles y un resumen con
las mejores jugadas. Construye el concepto total de la obra observando algunas
pinceladas, sin necesidad de contemplarla en toda su extensión.
Este aficionado disfruta el fútbol a su manera; no podemos asegurar que
le aburre permanecer 90’ minutos viendo un partido completo; sencillamente, pareciera
que su interés no está centrado en mantener la atención en un solo foco. Su condición
de espectador “multipantalla” lo lleva a adoptar otros comportamientos. Incluso
estando en un estadio, durante un encuentro, puede permanecer pendiente de su
teléfono móvil. No necesariamente para ver otros partidos o revisar sus
aplicaciones de mensajería, sino para consumir información adicional sobre el
mismo encuentro al que ha asistido.
Tiene la transmisión del partido en vivo con su relato y comentarios, ve
repeticiones de jugadas, busca datos de los jugadores que disputan ese
encuentro, revisa series particulares, anécdotas o referencias estadísticas del
juego. Por momentos pierde fragmentos del desarrollo del partido. No sigue los
detalles, no necesita contemplar toda la obra. Le bastan las pinceladas y los trazos
que observa. Pretende construir una interpretación global del partido a partir
de la suma de los elementos que observó y retuvo, mientras que la información
adicional complementa su interpretación de lo acontecido.
Esta manera de consumir el fútbol también influye en cómo cada
aficionado percibe individualmente a los protagonistas del juego y en los
mecanismos de admiración e idolatría que generan los futbolistas a partir de
sus desempeños.
Muchos otorgan mayor valor al resultado, a lo objetivo, a la información
final. Los goles marcados, los partidos jugados, los títulos conseguidos y la acumulación
de logros se transforman en una escala para establecer jerarquías de grandeza. Cuantos
más elementos se acumulen, mayor será la consideración que recibirá el
futbolista. Es, de alguna manera, una forma de apreciar el arte como si se
tratara de una ecuación: una suma de pinceladas, donde la valoración de la obra
termina siendo el resultado de contabilizar los trazos por separado.
Otros, en cambio, admirarán a aquellos futbolistas que, a través de sus
acciones, realizan jugadas capaces de asombrar a los espectadores. Jugadores
que son buenos por sí mismos, pero que además tienen la capacidad de potenciar
a sus compañeros: juegan y hacen jugar.
.
Con ellos se construyen relatos que trascienden el tiempo. Emocionan al
espectador, que continúa acumulando sensaciones y experiencias relacionadas con
esos jugadores en su propia «mochila» de expectativas. Al igual que sucede con
el arte, determinadas jugadas perduran, adquieren nuevos significados y se
actualizan en cada contexto sin necesidad de sufrir modificación alguna. Por
eso seguimos contando historias y recordando acciones que han trascendido
generaciones, que se han relatado infinidad de veces y que, aun así, siguen
emocionándonos.
De alguna manera, quien presume de tener la capacidad de apreciar este
deporte en toda su dimensión, como un acontecimiento sublime, termina
disfrutando de la esencia del fútbol sin importar los protagonistas, los
equipos ni los resultados. Es, en cierto modo, como Galeano, cuando en una de
sus más célebres reflexiones sobre este deporte nos dejó estas palabras:
«Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo, sombrero
en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios. Y
cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano
cuál es el club o el país que me lo ofrece».
